AIC Madagascar (segundo día)
Una extraordinaria lección de vida.
A las 10:30 como un reloj, creo que nunca fui tan puntual, estábamos en el centro, le habíamos dicho a Madame Rose que llegaríamos a esa hora y que ella se nos uniría en cuanto terminase la reunión que tenía con la presidenta de la organización. Hoy íbamos a servir comidas a los niños en el orfanato.

Cuando llegamos, en seguida nos atendió el chico que se encarga de los trabajos administrativos y le dijimos que habíamos quedado con Madame Rose, pero que mientras la esperábamos queríamos ver donde daban clase los más pequeños, los de 5 años, así que nos llevó a la parte de arriba.
Una habitación grande, bien preparada, donde había unos 30 niños con una profesora (justamente la chica que nos atendió ayer), vimos la última media hora de clase y al terminar todos salieron corriendo al comedor.
Gracias a la ayuda de un alemán, lo que empezó siendo una sencilla habitación hoy es un pequeño edificio de cemento. En la parte superior está la clase para los más pequeños, los baños y unas habitaciones para dormir.
Todos llevaban una especie de bata/uniforme, estaban descalzos en clase, habían dejado fuera todas las chanclas, me llamó mucho la atención la educación que tenían, no montaron escándalo cuando llegamos y aunque nos miraban seguían haciendo sus cosas; obedecían rápidamente a la profesora e incluso nos cantaron varias canciones. Las clases empiezan a las 7:30 y terminan a las 11:00 de lunes a viernes, en estos dos primeros años aprenden lo básico antes de ir al colegio, empezar a leer, escribir su nombre, contar hasta 10, etc. La clase es atendida por dos profesoras, aunque una de ellas, la más joven, hoy no había asistido, ya que todavía se está preparando para dar clases.

Cada niño lleva su cuchara para comer, Madame Rose nos dijo que al principio se las daban en el centro, pero que se las llevaban y tenían que estar continuamente comprando cucharas, así que ahora cada uno tiene la suya. Fue muy gracioso verlos salir de la clase cada uno con su cuchara en la mano.
En cuanto estuvieron todos sentados, empezamos a repartir las comidas. Por un lado cocinan el arroz y por otro en una gran olla, agua, patatas, algún que otro vegetal para darle un poco de sabor y dos cucharadas de aceite.
Un plato de arroz con dos trozos de patata y un poco del caldo para que el arroz no resulte tan seco, fue la comida de hoy y posiblemente sea la de mañana y la de pasado mañana. Solamente una vez a la semana reciben un pequeño trozo de carne…
Las comidas empiezan a las 11:00 con los más pequeños y terminan a las 12:30 con los mayores, todos van llegando conforme terminan el colegio. Todo el mundo tiene su ración y nadie pide más, si alguien quiere extra de vegetales o carne tiene que pagar un poco, prácticamente nada, pero es para educarlos. Los más pequeños son a los únicos que sirven; los demás, según van llegando, entran en el anexo a la cocina y allí cogen su comida. La cocina está fuera y es un recinto lleno de humo donde cocinan las ollas, sinceramente no sé como pueden respirar allí dentro, yo me tuve que salir inmediatamente, cocinan con leña y el sitio no tenía prácticamente ventilación.
No sé como funciona el mundo y casi es mejor no saberlo. Un país que es prácticamente un campo de arroz, le compra el arroz a Pakistán; yo hay cosas que prefiero no entender, me dieron varias explicaciones pero ninguna me convence.
Me dicen que el arroz de aquí es más difícil de limpiar y que una vez cocinado obtienes menos cantidad que con el de Pakistán, mientras que con el de Madagascar obtienes 2 tazas con el de Pakistán obtienes 5; pero sin embargo, el arroz de aquí tiene muchos más nutrientes que el de Pakistán, según también me contaron. Así que no entiendo que teniendo la comida en casa la tengas que comprar fuera y estoy convencido de que en Pakistán compran el arroz de Madagascar, de locos.
La profesora y el administrador son los únicos que reciben dinero por trabajar, después la profesora se queda de voluntaria hasta que se terminan las comidas. Con ella estuvimos hablando hasta que ya no vinieron más niños a comer y nos contó muchas cosas; por ejemplo, que las madres pueden darse una ducha y lavar la ropa 2 veces por semana, en sus casas tienen agua pero muy sucia.

Le preguntamos si los niños se ponen a menudo enfermos y nos dijo que si, que como comen cualquier cosa que encuentran es fácil que caigan enfermos, cuando eso pasa les dan medicamentos. Cada viernes por la tarde tiene reuniones con las madres para hablar de los problemas que tienen y ver como les pueden ayudar.
Mientras hablábamos con la profesora que estaba sentada en la entrada, iban pasando por delante de nosotros los niños que iban llegando; y observé los siguiente: varios nos saludaron dándonos la mano a cada uno, otro nos pidió disculpas por pasar por delante de nosotros, también me fijé en otro «pequeñajo» que llegó a la mesa con su plato de comida, se santiguó, dijo algo en voz baja, volvió a santiguarse y empezó a comer. Son solo niños, todavía muy pequeños, pero me llamó la atención tanta educación en unos niños que no tienen nada y que todavía no son más que eso, niños, me preguntaba donde y cómo habrían aprendido esos “pequeños” detalles.
Al terminar nos despedimos de todos y nos fuimos, un poco con el corazón encogido, la vida nos había dado hoy un lección extraordinaria…

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